Archivos de la categoría ‘Albergue’

Intensidad y altura

Noviembre 20, 2006

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma
quiero laurearme, pero me encebollo;
No hay voz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

Cesar Vallejo, Poemas humanos, 1939.

Defensa del Domingo

Noviembre 16, 2006

Isla de soledades y campanas,
los días nos arrojan hacia tu acantilado,
tu cima de reposo y de candor,
tu inmensidad que surcan las horas y los pájaros.

Tu masa de luz nueva surge en medio del tiempo
y tu oro semanal repartes gradualmente
animando jardines
y volviéndonos ricos de parcelas celestes.

Como a lecho o espuma ansiada tocan
nuestros cansados pies a tu ultimo peldaño
o conmovida cúpula con pájaros de vino
que celebran la dulce vacación de las manos.

Náufragos semanales llegamos a tus costas
a saciarnos de luces
y a buscar la palmera del reposo
o el plano del tesoro escondido en las nubes.

Jorge Carrera Andrade, en Revista La gaceta, número 357, año 2000.

Nocturno del piano

Noviembre 2, 2006

El piano, con su quijada negra, con sus dientes blancos cruzados de gusanos,
canta como un papa melancólico. Sus notas
caen como los huevos del esturión muerto
sobre mi corazón en esta noche.
Mata al demonio del piano, amiga mía, ahoga en su vientre la furia escarlata.
Rompe su levita de caballero velado;
pero déjame solo, ahorcado en la cama.
El virrey baila el tango mientras lloramos,
agita sus orejas como toneles,
evocando a Francisca, a Leonor, a otras luces devoradoras,
(doblando un pliego de su carne, realizando hechizos sobre el fuego),
pero el piano, mi niña, resuena imperial, desierto, triunfando siempre de la fatiga,
en tanto el virrey ríe, quimérico y hostil, mostrando su halcón de oro.
Mata el demonio del piano, amiga mía;
escucha cómo resbala sobre los gladiolos, rompiendo
los sacos de la memoria, antiguas sombras, y vacila
como hembra preñada
encendiendo un candil, una muerte nueva en el ciervo blanco del pecho,
una segunda vida que desconozco, y que rechazo
como la horma negra a la nube.

Mahfud Massís, El libro de los astros apagados, 1965.

Tiranía

Octubre 27, 2006

Oh dama sin corazón, hija del cielo,
auxíliame en esta solitaria hora
con tu directa indiferencia de arma
y tu frío sentido del olvido.

Un tiempo total como un océano,
una herida confusa como un nuevo ser
abarcan la tenaz raíz de mi alma
mordiendo el centro de mi seguridad.

Qué espeso latido se cimbra en mi corazón
como una ola hecha de todas las olas,
y mi desesperada cabeza se levanta
en un esfuerzo de salto y de muerte.

Hay algo enemigo temblando en mi certidumbre,
creciendo en el mismo origen de las lágrimas
como una planta desgarradora y dura
hecha de encadenadas hojas amargas.

Pablo Neruda, Residencia en la tierra I, 1925-1931.

Nervazón de angustia

Octubre 11, 2006

Dulce hebrea, desclava mi transito de arcilla;
desclava mi tensión nerviosa y mi dolor…
Desclava, amada eterna, mi largo afán y los
dos clavos de mis alas y el clavo de mi amor!

Regreso del desierto donde he caído mucho;
retira la cicuta y obséquiame tus vinos:
espanta con un llanto de amor a mis sicarios,
cuyos gestos son férreas cegueras de Longinos!

Desclávame mis clavos ¡oh nueva madre mía!
¡Sinfonía de olivos, escancia tu llorar!
Y has de esperar, sentada junto a mi carne muerta,
cuál cede la amenaza, y la alondra se va!

Pasas… vuelves… Tus lutos trenzan mi gran cilicio
con gotas de curare, filos de humanidad,
la dignidad roquera que hay en tu castidad,
y el judithesco azogue de tu miel interior.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que fue… Y empieza al llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Y en mi alma hereje canta su dulce fiesta asiática
un dionisiaco hastío de café…!

Cesar Vallejo, Los heraldos negros, 1918.

Un fraile franciscano

Octubre 3, 2006

Por la carretera camina un fraile franciscano. Viste sayal raído por el tiempo y los trabajos. Calza alpargatas de cuero. Se apoya en una rama recia. El camino por donde va es largo. A lo lejos se mira una montaña gris, violácea. Hasta allí tiene que llegar, porque le han dicho que en aquel sitio existen poblados de indios que sufren persecución y pobreza. El fraile camina y camina todo el día. El sol y la lluvia le hieren por igual. No reniega por esto, antes levanta los ojos con ánimo sereno y expresión dulce. Casi al anochecer llega a la falda de la montaña. Trepa por vericuetos hasta un caserío de indios. Oye un rumor arisco y ve cómo los hombre se juntan y aprestan sus armas y las mujeres recogen a sus niños. El fraile parece no ver nada; se arrodilla y con su sayal limpia la carita de un niño que llora. Se acerca a otro y le da el pan que lleva en sus alforjas. Va más adelante y en un arroyo lava los pies de un lisiado. Más allá arregla las trencitas de una niña. Y, por último, besa las manos de una anciana que, sentada sobre una piedra, mira con ojos húmedos, la dulzura del fraile. Este la ayuda a levantarse y la acompaña hasta la choza donde hay fuego. El fraile se sienta para calentarse los pies y las manos. A poco se aproxima una mujer que, con timidez, echa bejucos secos para avivar las brasas. Un hombre trae una jícara con agua y miel y, sin decir palabra, se la ofrece al fraile. Poco a poco la familia se acerca. Todos vienen en silencio y se quedan mirando al recién llegado. El fraile se enjuga una lágrima. Así empieza su prédica cristiana.

Ermilio Abreu Gómez, en revista Orígenes, La Habana, Primavera, 1947.