Archivo de Noviembre 2006

There

Noviembre 27, 2006

En nuestras manos la pubertad de la gónada se hincha
como una jalea sexual que anda en bocas
como una jalea de existencia y dura que vendrá mañana
irremediable a nuestro destino de padres que fecunda hijos
y nietos y otros muertos en autos y en sillones descuidados
en espacios de libertad usada en fuegos que no vigilan
donde los trozos de culpa se amontonan en flores de odio
con miedo de costumbre infierno y vida entera y Amor perfecto.

Élego IX

Noviembre 22, 2006

Del privilegio que es la vida tengo sus pocas ganas
de morir y de olvidar.
Ganas de perder una idea justa y salir mal.

Puedo, si alcanza esa gracia de macho,
en alguna noche de torpe embarazar
infinitas mujeres de infinitos tristes futuros;
en el placer y con su impronta
perpetuar la humana sucesión de lamentos:
¡ser de eslabón de muertes y olvidos!

Intensidad y altura

Noviembre 20, 2006

Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma
quiero laurearme, pero me encebollo;
No hay voz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

Cesar Vallejo, Poemas humanos, 1939.

Flor de odio

Noviembre 16, 2006

Animal del aire raro, enrarecido, turbio
que vienes, que llegas, que entras con tus deseos peludos
a fragmentar en trizas, en pedazos mis fisuras estables;
yo te aborrezco, animal, negro, sudoso,
yo te aborrezco.

Tus mucosas me son horrendas en olores,
en sabor agraz, en dulces muertos y fúnebres,
y tu sabor a gatos y perros, a vacas húmedas detesto.

¡Ah, sólo piedras!

Defensa del Domingo

Noviembre 16, 2006

Isla de soledades y campanas,
los días nos arrojan hacia tu acantilado,
tu cima de reposo y de candor,
tu inmensidad que surcan las horas y los pájaros.

Tu masa de luz nueva surge en medio del tiempo
y tu oro semanal repartes gradualmente
animando jardines
y volviéndonos ricos de parcelas celestes.

Como a lecho o espuma ansiada tocan
nuestros cansados pies a tu ultimo peldaño
o conmovida cúpula con pájaros de vino
que celebran la dulce vacación de las manos.

Náufragos semanales llegamos a tus costas
a saciarnos de luces
y a buscar la palmera del reposo
o el plano del tesoro escondido en las nubes.

Jorge Carrera Andrade, en Revista La gaceta, número 357, año 2000.

Ejercicio XVIII

Noviembre 14, 2006

Es natural su inconformidad, piensa, refiriéndose a sí mismo. El pobre, un macho, sufre, hoy, la costumbre de su presente y una fisura. En días así, llenos de vanas ideas, prefiere encender la radio y callarse. Son días, por supuesto, que no trabaja como es debido para la buena conciencia, días que habitan bien pintados en la memoria compartida: la tarde de sábado, casi siempre; y todo el día de su lento domingo.

-Mañana, hoy no. Estoy cansado. No quiero.

Es un pesado, un plomo, piensa y llora, después de colgar el teléfono con su rabia de mujer. Ella lo quiere o, por lo menos, se ha hecho la idea de que a alguien se debe querer. Piensa en los hijos, que alguna vez soñó, buscando la tranquilidad en la nostalgia por el futuro; pero acaba cansándose y le vuelve la rabia de mujer.

Trozo de tiempo

Noviembre 11, 2006

Se construye
el minuto
presente+presente:
como
un
tétrix
temporal

Acaso Dios
jugando

acaso objetos
jugando

Y así la eternidad

El corazón, él y ella

Noviembre 9, 2006

I

Estos niños se quieren querer:

de mañana
temprano

de tarde
cayendo

de noche
dormidos

Llenan su corazón
con el otro y con el suyo:
¡estos niños tiernos!

Él escribe cosas para ella
Ella escribe cosas para él
¡y ambos bajan del cielo una flor!

II

Estos niños se quieren:
(la magia roja atrapada en esa palabra)

de improviso
en sorpresa

de enredos
en alcobas

de jugando
en verdes plazas

Llenan su alma con Dios
con el otro y con el amor:
¡estos niños santos!

Ella escribe cosas para él
Él escribe cosas para ella

ambos bajan del aire una flor

Ejercicio interior

Noviembre 8, 2006

La abuela tiene edad aún para estas cosas y eso nos conviene ¡flojos! y camina al menos y no está tullida como el viejo y puede destapar el baño único de la casa porque nosotros jamás hemos proyectado el rebose y por esos echamos el papel en la taza como si fuera azúcar y todavía ella lucha con el sopapo y con la vejez y ni se puede la diabetes que la trae con miedo ¡mucho miedo! por su dedo que está hinchado con una herida bien roja y no quiere perder su pierna por supuesto quién querría perder su pierna ni joven ni viejo qué haría yo sin correr ni saltar con los deportes muertos la vida estaría coja y su hija que es mi madre diría por qué no te cuidaste lo que dijo el doctor pero con suerte este agosto muere el abuelo y descansa la abuela de sus rezongos y podría dormir hasta muy tarde con el desayuno en la cama que le encanta traído por la empleada humilde que le encanta manduquiar hasta en las horas extras que no le paga que según dice mi tierna vieja son su deber pero es una vieja mandona que destapa el baño y que de seguro está llorando antes de subir a su cama vetusta y su pieza vetusta que amanece dulce con olores tan frutosos que no se explican como olores de vieja ¡mi vieja!

Nocturno del piano

Noviembre 2, 2006

El piano, con su quijada negra, con sus dientes blancos cruzados de gusanos,
canta como un papa melancólico. Sus notas
caen como los huevos del esturión muerto
sobre mi corazón en esta noche.
Mata al demonio del piano, amiga mía, ahoga en su vientre la furia escarlata.
Rompe su levita de caballero velado;
pero déjame solo, ahorcado en la cama.
El virrey baila el tango mientras lloramos,
agita sus orejas como toneles,
evocando a Francisca, a Leonor, a otras luces devoradoras,
(doblando un pliego de su carne, realizando hechizos sobre el fuego),
pero el piano, mi niña, resuena imperial, desierto, triunfando siempre de la fatiga,
en tanto el virrey ríe, quimérico y hostil, mostrando su halcón de oro.
Mata el demonio del piano, amiga mía;
escucha cómo resbala sobre los gladiolos, rompiendo
los sacos de la memoria, antiguas sombras, y vacila
como hembra preñada
encendiendo un candil, una muerte nueva en el ciervo blanco del pecho,
una segunda vida que desconozco, y que rechazo
como la horma negra a la nube.

Mahfud Massís, El libro de los astros apagados, 1965.